El mundo en que vivimos Part.3

¿Quién maltrata a quién?

¿Son los terremotos, tsunamis, tornados, inundaciones y demás catástrofes naturales una replica a nuestro continuo, perverso y consciente maltrato del planeta y sus recursos?
Pues no, claro que no. Vaya chorrada!
Otra cosa es que nos lo mereciéramos, que no seré yo quien diga que no.
Luego, si ese fuera el caso, tendríamos el problema de siempre, que normalmente las catástrofes castigan de forma indiscriminada y, casualmente, se suelen cebar más con los menos agraciados y favorecidos. Si se centraran en quienes se lo merecen…
Igual esto último tiene que ver con el desequilibrio en el reparto de la riqueza, que unos pocos tienen mucho y muchos tienen muy poco que, estadísticamente, y no hace falta ser un lince para entenderlo, convierte a los pobres en blanco de todas las iras divinas. Y esto también será gracias a Dios, no?

Me cago en el libre albedrío. Buena excusa, cojonuda, para responsabilizarnos a nosotros de todo lo malo, dejando los milagros divinos como obra única del presunto susodicho.

Sea libre albedrío o tajante realidad, somos un dechado de virtudes entre las que destacan, como resplandecientes e incandescentes soles perniciosos, la avaricia, el egoísmo, la envidia, el oportunismo, la ira y el lamentable desprecio por nuestro hogar, la tierra.

Esto nos sitúa en la “pole position” de los enemigos de… ¡nosotros mismos!
Somos, sin duda, nuestra peor pesadilla, nuestro mayor peligro y, finalmente, nuestra propia condena.
Sí, será todo lo paradójico que quieras, pero es tan real como indiscutible.
¿Quién te puede amargar la vida más fácilmente?  ¿Quién te puede angustiar más, inquietarte, atemorizarte, herirte, doblegarte?… ¿Un altivo león?… ¿Un poderoso tigre?… ¿Un profundo tiburón?…
No, somos las personas el mayor peligro para las personas.
Ya sea por ser el más cruel enemigo de nuestro entorno natural, como por ser el mayor y más feroz depredador de seres humanos, de nuestras ilusiones, de nuestro bienestar.
Y así, emulando a las hienas, nos acechamos unos a otros en las profundas noches de nuestra sabana particular, y nos vigilamos, y… al menor descuido… al cuello!.
Si no te estafa un frutero lo hará un banquero, si no te roba un ladrón con pasamontañas lo hará otro con traje y corbata, ya sea vendedor, político, empresario o predicador. Y te robarán dinero, o dignidad, o ilusión, o esperanza, o cariño, o… lo que sea que tú tienes y que él quiere, aunque sea sólo por joder, siempre hay alguien acechándote. Siempre.
Hay quien espera tu momento de mayor debilidad, cuando estás enfermo, cuando eres anciano, cuando has pasado por algo duro o traumático, y estás tembloroso e indefenso, cuando estás solo, entonces aparecerá alguien que sonriéndote mientras te mira a los ojos te pondrá la puntilla. Así de fácil, así de cruel.

Por eso todos llevamos un manojo de llaves, por eso tenemos un taco de seguros, por eso vivimos rodeados de semáforos, cámaras, prohibiciones, cárceles, policías, leyes, normas… porque nos lo hemos ganado a pulso, sin fisuras, constantes, implacables…, porque el enemigo somos nosotros.
Cualquier día te cruzas con alguno que te hace pensar que Atila era un santo y Hitler casi una colegiala con coletas.

¿Quién maltrata a quién?

 

Pd: No menciono, porque no es el enfoque que quería darle al asunto, a toda la gente noble, bienintencionada y generosa que mantiene el equilibrio en esta corrupta sociedad. Gente que compensa con su buen hacer los despropósitos y la destrucción que destilan todos los parásitos y malhechores que merodean nuestra convivencia diaria. Sin esa discreta y bondadosa ciudadanía estaríamos ineludiblemente perdidos hace tiempo. Y mientras sigue incansable la pugna.

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