Tecnología aplastante… y Paquirrín!

Ahora que casi cualquiera tiene un teléfono móvil (por llamar de alguna manera a esos aparatos multifunción) con posibilidad de grabar vídeo, nos parece que ya no se nos puede escapar ese instante concreto… o eso creemos.

Después de tantos conciertos no hay nada que pueda hacerme sentir más feliz, y poderoso en lo mío, que comprobar día tras día de forma sistemática que sigo sorprendiendo en cada canción incluso a aquellos que me han visto en directo enésimas ocasiones.
Puede sonar fatal que lo afirme yo mismo, mi abuela hoy no ha venido, pero lo que hago en un escenario sigue siendo tan impresionante como efímero.
Ahora que muchos artilugios casiortopédicos, de esos con los que también puedes llamar por teléfono, graban en calidad HD, ya me pueden grabar un centenar de veces la misma canción, y verlo otras tantas, que seguirán alucinando con todos los miles de matices que la tecnología no es ni será capaz de captar y reproducir de un instante en un concierto, ni de la vida.
Todo en este mundo tiene un carácter tan decidida y marcadamente efímero que tengo la corazonada de que tratar de capturar algo más allá de un simple recuerdo (alguna foto, por ejemplo) es perder la posibilidad de vivirlo plenamente in situ.
Nunca podremos acercarnos ni remotamente a congelar un instante emocional con nada más que con el corazón.

En una conversación este sábado en Murcia, alguien que no me veía en directo hacía cuatro o cinco años me decía: “tenía la sensación, el recuerdo de que un concierto tuyo era algo realmente especial, pero no era capaz de recordar por qué hasta que lo he vuelto a vivir, y tampoco ahora puedo explicarlo”.
Esta persona había tenido la posibilidad de volver a verme en varias ocasiones en las que que he estado tocando por la provincia en estos años, pero supongo que no tenía la seguridad absoluta de que mereciera la pena desplazarse a otra localidad para eso. Más habiendo como hay tantas cosas con las que entretenerse.
Sí, yo entretengo, pero sé con una certeza pseudo radical, difícil de justificar de alguna forma más que haciéndolo, que en mi hacer hay muchísimo más que eso de entretener. Muchísimo.
No me puedo imaginar cual es la fuente inagotable (obviamos el chiste del whiskey) que me da esa energía para sentir y hacer sentir tanto cuando canto, tantísimas veces en tantísimas circunstancias tan diferentes y ante tantísimas personas tan dispares durante tantos años, pero si lo pienso siento un vértigo abismal que me invita a no darle muchas vueltas al asunto.

Yo sé mejor que nadie cómo sale la gente de mis conciertos, igual que sé que luego llegan a casa, duermen, se levantan y… el bombardeo es colosal. Radio, televisión, la calle, internet… todo apabulla, todo abarrota, todo es mucho y es nada. No entiendo cómo no damos en locos y cómo, a veces, conseguimos mantener nuestra esencia y nuestros criterios casi intactos. ¿o no lo conseguimos?

Sucumbimos. Finalmente sucumbimos.
Alguna gente después del concierto me compra discos, algunos de mis canciones, y lo agradezco mucho, pero soy muy consciente de cual es la suerte que van a correr esos pequeños cúmulos de mi trabajo, tiempo, ilusión y emociones, el ostracismo.
Es muy difícil que esos discos sobrevivan a la prisa que nos arrolla como una corriente brava de agua canalizada por un angosto desfiladero. Es muy difícil que alguien llegue a dedicarle, por ejemplo a LUNA HIENA, el tiempo que requiere la comprensión de un trabajo tan intenso y minucioso, de tantos años. Es casi imposible… en los tiempos que corren.

Yo soy no sólo un melómano empedernido, soy un auténtico profesional, desde siempre, del arte de escuchar discos. Sé que si me compro un disco me puede llevar tiempo entenderlo, voy a tener que escucharlo veinte veces, de entrada, para comenzar a saborear sus esencias más deliciosas y delicadas; y para descubrir sus detalles y misterios más intrinsecos hará falta más tiempo todavía. Pero también sé que ese disco me llenará, unos más que otros. Unos meses después será parte importante de mi vida. Si no va a ser así, si no tengo la intención de darle su tiempo, no me compro un disco.
Igualmente sé que eso no es lo habitual. Desde que la música se descarga por palés y contenedores, gratis y sin alma, la historia es otra.
Cuando de chaval te comprabas un vinilo… eso era algo incomparable. Lo escuchabas hasta el infinito, le dabas vueltas a la carátula, a las letras ni te cuento… no había prisa, no se amontonaban los discos en un pendrive esperando sus diez minutos de gloria. NO! Un disco tenía, como mínimo, su semana o mes de gloria. No había prisa ni ovebooking. NO! Era un proceso deliciosamente parsimonioso.

Llegué tarde al mundo de la creación artística si pretendía ser alguien. Los 90 fueron la última oportunidad, pero yo seguía preparándome.
Estamos en una época en la que hay tanta prisa por ser feliz que cada vez va a ser más difícil. Ya lo he escrito alguna vez en alguna entrada de este blog, creo recordar, que pienso que hoy nadie se pararía a escuchar un disco de Pink Floyd ni de Supertramp. Sería impensable hacer un disco de esos y que alguien lo comprara. Impensable.
Escribo esto y me entristezco por momentos. Me dan ganas de llorar.
¿Cuánto han significado, y significan, para mí tantos discos? Son la banda sonora de mi vida!! Lo son todo!!! Cuántas emociones en cuántas canciones. ¿Cuántos momentos buenos y cuántos malos? Eso es la vida, no otra cosa.

Por eso soy músico. No me hice músico, lo he sido siempre.
Porque mis emociones siempre han ido ligadas a armonías.., a melodías.., a letras intensas con silabaciones rítmicas.

Este fin de semana, en Alcantarilla (Murcia), mi actuación era al mismo tiempo que la de “paquirrín”. Ni voy a acentuar el tema ni a especular con la diferencia de número de asistentes a cada evento, ni lo voy a hacer con la abisal diferencia de cachés entre él y yo. Con el público como con todas las cosas de la vida he sido siempre más partidario de lo cualitativo que de lo cuantitativo, y con eso lo digo todo.
Como afirmé con sorna durante mi actuación cuando alguien me habló del mérito que tiene lo que hago en el escenario: “Lo que yo hago no tiene ningún mérito. Le he dedicado toda mi vida a esto. Todos mis años entregados al estudio y a la práctica… Lo que tiene mérito es lo de Paquirrín, que sin dar un palo al agua cobra más de veinte veces más que yo para no hacer nada, y arrastra cantidades ingentes de gentes. Eso sí tiene mérito.”
Hay mucha gente que dice que “parece buen tío”, que “es majo”.
No tengo nada personal contra él, pero conozco al menos a cientos de personas que me parecen mejores personas y que son, como mínimo, igual de majas, pero como no son el hijo de la tonadillera de España, el patito feo y poco útil, pues tienen que trabajar en lugar de llevarse los presupuestos de fiestas de ayuntamientos dirigidos con criterios incalificables.

Si a algunos de mis ídolos artísticos de toda la vida los veo en directo y me parecen mediocres… imaginaos lo que pienso de la retahíla de subdesarrollados morales que pueblan telecinco y aledaños. ¿Lo que quiere la gente son ídolos de barro? Pues ya casi no hay otra cosa. Todos para ellos, se los regalo.
Cada uno es libre de elegir (casi siempre) con quién comparte su vida y también a quién idolatra, admira y toma como ejemplo y referencia. De todo esto, y de mucho otros factores, resulta cómo es la vida de cada cual… y la de sus hijos… y vecinos… y…

Revivir en un vídeo grabado con el móvil un fragmento de un directo de Paquirrín debe ser el summun. Tecnología aplastante y Paquirrín… ¿o… Tecnología… y Paquirrín aplastante?

Pd: No hace mucho leí por ahí que telecinco era la cadena de televisión que más había aumentado su audiencia en los primeros meses del año… o algo así. Más vale que hace años tengo asumido, visto el percal, que nunca me voy a comer un rosco, que si no…

Pd2: No hay resquemor ni acritud en mis palabras, ni con “Kiko”, ni con los móviles, ni con los encargados de cultura de Alcantarilla. Sólo me doy el gusto de poner las cosas como las veo. Mi vida no la cambio por ninguna otra, y por eso especulo con criticar y cambiar cosas generales. Le deseo la felicidad a Paquirrín igual que os la deseo a todos vosotros, pero entiendo que conforme más nos acercamos a ciertos niveles de calidad de vida por un lado, más perdemos calidad de vida por otros.
Lo que deba ser, sea.

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